viernes, 26 de mayo de 2017

Política de apariencia y anécdotas

Pensemos en nuestra sociedad y en la evolución que ha venido mostrando en los últimos 10-15 años. Las nuevas formas de comunicación y acceso a la información han reconfigurado nuestra relación con el mundo, más a las generaciones más jóvenes, pero a todas de alguna forma. Nos movemos a ritmo de WhatsApp, Facebook o YouTube; lo denominado “viral” podría verse como estandarte de un no nuevo pero sí acentuado paradigma: vivimos la anécdota y el instante, si algo en internet no puede resumirse en un video de 2 minutos es muy probable que se condene al ostracismo; y sin olvidar que esos 2 minutos pueden ser demasiado eternos, triunfan más los gifs animados, los caracteres limitados de Twitter, o lo efímero de Snapchat. Consumimos titulares y anécdotas, nos encanta el dardo preciso, envenenado o gracioso. Adoramos en definitiva el instante, es el triunfo del Nesquik sobre el Cola-Cao, ¿quién quiere dar vueltas de más?
Quizás no podamos culpar a la política por replicar este modelo imperante, porque los políticos se mueven a ritmo de golpe de efecto, y no hace falta hablar de Trump y de Twitter para entenderlo, o para explicar que el paradigma equivalente viene a decir que si algo no puede resumirse en una frase triunfante quizás no merezca la pena hacerlo, lucharlo o pretender explicarlo. Y con ello olvidamos cosas fundamentales: hay haceres políticos que están condenados a ser polémicos, porque no todos estarán o estaremos de acuerdo, hay semillas que deben plantarse y no crecen en el inmediato como utopía, decir lo contrario es un engaño, pero un engaño que nos hacemos más nosotros como sociedad que ellos como políticos. Habitamos enfermizamente lo conciso, habitamos consentidamente lo inexacto. Y antes de acusar a nadie, no conviene olvidar el papel que cumple la sociedad como correa de transmisión.

Quién iba a decir que hoy viernes me viera defendiendo a nuestra clase política…

viernes, 17 de febrero de 2017

Política invisible, política ausente

Lo invisible es aquello que no se ve, pero si hay algo más allá de lo invisible eso es aquello que sí se ve pero de lo que no se habla.
La política tiene sus invisibles, melosamente guardados, todos conocidos, y todos ninguneados, se sacan y se airean oportunamente, para que nadie los eche en falta, para que nadie eche en cara nada, pero el reality show se mueve por otros derroteros, el día a día se mueve entre muchos menos temas de interés, hipertrofiados, nos inoculan la gula por determinados temas fértiles a sus intereses, desmereciendo indirectamente el resto. Quizás el ejemplo más preciso en nuestra realidad española sea el de Cataluña, un tema de interés, como otros tantos, que conviene tener en constante actualidad, ¿por qué? Para los separatistas es su pan, su soma, su dogma de fe, aquello que moviliza a la gente desde el verbo y capaz de ocultar otras gestiones maltrechas o malhechas. Para el gobierno central, Cataluña supone el aviso y el miedo para el resto de españoles, antisecesionistas, que se identifican con la posición unitaria del gobierno. Un río fértil para muchas cañas, garantía por tanto de continua actualidad.
¿Pero qué hay del medio ambiente?¿Para cuándo una ley de educación no adventicia?¿Qué pasa con la investigación y la ciencia en nuestro país?¿En qué estado se encuentran las universidades? Son pocas preguntas para las que podría (y deberían) hacerse, pero la respuesta es única: nada. No pasa nada con todo eso, puntualmente se hablará de algo sin ánimo de incendiar conciencias y se refrigerará con oficio. Pero ni los nuevos partidos  ni los viejos (hoy tan de moda esa distinción) luchan para visibilizar estos invisibles.

¿Nos importan más los cotilleos o los contenidos? Haciendo un símil televisivo podríamos preguntar a Tele5 y a la 2, todos conocemos cuál es mayoritaria. Con la eterna pregunta consiguiente: ¿la gente pide telebasura o la telebasura acaba consiguiendo gente? Saliendo ya del símil, ¿qué fue antes, la política-basura o nuestra sociedad silenciosa?¿Nos engañan, queremos ser engañados o realmente nos da igual que nos engañen?