miércoles, 23 de mayo de 2018

Lenguaje y política


Siempre he sido un defensor acérrimo del lenguaje, de las palabras, reivindicando su correcto su uso, su mimo; buscando la precisión para decir lo que se quiere decir.
Pero al final, a fuerza de verlo, te das cuenta que el lenguaje se compone, además de palabras, de intenciones, de imprecisiones, conscientes e inconscientes. Es útil su mal uso, la precisión es absolutamente indeseada en casi todos los ámbitos, o como poco alegremente prescindible.
Diría que hay dos usos del lenguaje (con mezclas infinitas entre medias): uno, en el que el uso del lenguaje engloba una finalidad en sí, en el que se acepta las normas y se utilizan palabras para expresar; y otro uso sería en el que se asume el lenguaje como algo meramente instrumental, como un recurso más dentro de algo más amplio. Y explico este segundo caso con un ejemplo, y así hablamos un poco de política:
En política se ha convertido en un arte el uso instrumental del lenguaje. Las palabras sirven para todo, para defender hoy una cosa y para defender mañana la contraria (por lo tanto no valen para nada). Toda la elocuencia que quieren transmitir en cada intervención o discurso se ve enturbiada por la certeza de que se preasume el carácter de papel mojado de las palabras. El protocolo exige que los asuntos se razonen, pero es una cuestión de formas. Hoy defenderé que esto es un sí, pero mañana puede que defienda que por supuesto que es un no. El vestido de ambos está hecho de palabras, así se nos pide, por guardar las apariencias. Pero las intenciones están muy lejos de la sintaxis que utilicen, las palabras no valen nada en sí. Se crea con esto un ambiente de continua desconfianza frente a los discursos políticos, y se lo han ganado a pulso. Podemos recordar el mítico “el metrobús no existe” del Consejero de Transportes de Madrid, daban igual las palabras, fue la estupidez más grande que pudo decir, pero tuvo el completo arropo y el “elocuente” aplauso de sus compañeros de grupo, ahí no se iba a dialogar, se iba a otra cosa, hubiera valido con hacer dos bandos y limitarse a dar gritos simiescos, el sucedáneo hubiera sido perfectamente válido.
Denuncio, diciendo esto, la violación sistemática y casi sistémica del lenguaje. Está provocando una devaluación de una de las monedas más valiosas fruto de nuestra evolución como humanos. Y la política no es un buen ejemplo al respecto, ni los viejos partidos ni los nuevos.
“La política no es un teatrillo”, decía Anguita. Hoy la política es un teatrillo.
La otra opción, a considerar, es que en estos tiempos de la posverdad yo esté comenzando a añorar los discos de vinilo que nunca tuve.

viernes, 29 de diciembre de 2017

Política y estrategia

Empiezo por una conclusión: la principal estrategia de la política es aquella que busca perpetuarse a sí misma en el poder o, en su caso, acceder a él. Para ello (y para ellos) es aceptable incurrir en contradicciones de discurso, siendo conscientes de que deben existir, si bien intentan separarlas en el tiempo lo máximo posible. Es por tanto un proceso consciente e implícitamente reconocido.
¿Qué provoca esto?
Dejando de lado los asuntos éticos, que ya podrían articular cualquier discurso de crítica, el principal problema es que este enfoque de estrategia de autoperpetuamiento choca frontalmente con los enfoques orientados a la resolución de los grandes retos a largo plazo del país. Y me explico: podemos identificar algunos de los problemas que deberían preocuparnos como sociedad:
-       El cambio climático, la desertización de la península, la sequía, los trasvases y los usos del agua.
-       La pirámide demográfica, acercándose a una base invertida, sin garantía de futuro con las pensiones, con una demografía escasa y descuidada a nivel de Estado
-       Un hipotético futuro colapso de los sistemas de seguridad social debido al incremento de personas mayores, tal y como se menciona en el punto anterior (menos contribuyente, más beneficiarios, más personas con mayores necesidades de atención sanitaria)
-       La degradación de la ciencia, el escaso apoyo a los jóvenes investigadores, la continua fuga de cerebros hacia países que les valoran y les apoyan, y la repercusión que tiene en nuestra de nuestro país, aún demasiado basado en el sector servicios, incapaz de generar un industria puntera
Podemos pasarnos meses hablando únicamente de Cataluña, para después seguir aún más meses hablando únicamente de Cataluña, pero en cambio estos temas no despiertan encendidos debates, ni exigencias sociales, ni emprendimientos políticos. La política los engloba con arte en su caja de música desde donde enmascaran con voz melosa su calado, nos ofrecen golosinas y palabras, y lo aceptamos. ¿Por qué? (Y aquí la parte que también nos implica al resto de ciudadanos). Porque:
-       No les interesa
-       No nos interesa
-       No lo conocemos
-       No sabemos alzar la voz
-       No amplifican nuestra voz
Mezcla de todas, posiblemente.
Lo que está claro es que los políticos tienen una responsabilidad con el país, tienen acceso a todos los consejeros o asesores que requieran para ejecutar sus labores con profesionalidad, pero desdeñan todo aquello que huele a largo, a impopular, a parco en réditos a corto plazo… Es gravísimo, y no pasa nada.
¿No hablamos hace poco de esta sociedad del titular y del instante?
¿Alguien quiere gritar?


jueves, 26 de octubre de 2017

CATALUÑA: diferencias entre tierra y Tierra [CUENTO]

Se dieron cuenta de que ya era casi tarde. El cambio climático era inevitable. Decidieron plantar cara y batalla. Establecieron nuevas normativas, se extralimitaron en sus funciones legislativas porque interpretaron urgencia. El Gobierno  Central les pidió explicaciones, se abrió una comisión de investigación, pero ellos llamaron a los ciudadanos a las calles, y millones salieron a ocuparlas con reivindicaciones. Los medios internacionales se agolpaban para recabar informaciones de primera mano. Las tertulias de televisión se llenaron primero de biólogos y ecólogos, hablaban de conceptos extraños como “antropoceno”, por entonces ya el Gobierno de la Comunidad había abierto sus puertas a los movimientos ecologistas, creando una comisión mixta. La tensión con los cuerpos nacionales de seguridad no era pequeña, pues debían salvaguardar las arcaicas leyes estatales, la policía autonómica, por su parte, no sabía muy bien a qué lado acercarse. El seguimiento informativo era masivo, en una segunda etapa se comenzaron a contemplar nuevos escenarios, se hablaba de modificar la Carta Magna y abrir de alguna forma una puerta a una nueva legislación ambiental. Las tertulias ampliaron sus plantillas con filósofos y se abrió el debate del estilo de vida, del consumismo y de los teóricos del decrecimiento, se hablaba de lo acuciante de un cambio de modelo, pero a la vez de los riesgos que implicaba el ser los primeros en aplicar los cambios. Los optimistas hablaban de un mundo futuro bajo el paradigma de la sostenibilidad, los que no llegaban a tanto hablaban únicamente de mitigar efectos. Los periódicos digitales abrieron un hueco continuo en sus portadas para dar cobertura casi horaria a los avances. La incertidumbre en los acontecimientos duró meses, llegó a haber enfrentamientos en las manifestaciones con las autoridades, se necesitaron varios llamamientos a la calma para, al menos, relajar la calle. El mundo entero nos miró y escrutó en todo ese tiempo. Encabezamos algo grande, bonito en sus planteamientos, difícil en su ejecución, lleno de errores, de matices y también de aciertos. Era, ante todo, necesario.
No sé si soy el único al que esta ensoñación le parece más lógica que todo lo que se está viviendo en Cataluña estos meses.
Recupero una entrada de este blog de diciembre de 2011, donde citaba a Schattschneider:

La definición de las alternativas es el instrumento supremo del poder. Aquel que determina de qué se trata la política maneja a la nación, porque la definición de las alternativas es la elección de los conflictos y la elección de conflictos localiza el poder
No nos olvidemos de las cosas importantes.

martes, 26 de septiembre de 2017

Banderas

Decía Jorge Drexler que vale más cualquier quimera que un trozo de tela triste, y no he podido estar más de acuerdo desde que tengo uso esporádico de razón. Más allá de eventos deportivos nunca me ha enorgullecido ver exhibida la bandera de mi país, no tengo para ella ni un especial aprecio ni un especial desprecio, mostraba un asunto identitario y ya.
Pero en estos días en los que veo a otros efluviando su alma a través de la senyera o la estelada (ellos, que ven quimera donde yo veo bandera) pienso en esa tela como canalizador de sentimientos territoriales. En nuestro caso, España, hemos asistido a un doble proceso: apropiación del emblema nacional por los partidos de derecha, y una dejadez con sabor a consentimiento por parte de la izquierda, adicta a ese aroma republicano, y nos encontramos hoy, cuestionados en nuestro territorio, sin una combinación de colores que nos pueda unir a todos.

No sé lo que nos depararán estos nacionalismos sordos, pero sí estaría bonito recuperar nuestro emblema de país, porque parece ser que tiene más significado y sobre todo función de lo que el gran Drexler pudo intuir.

viernes, 25 de agosto de 2017

Política de la confrontación

La política nace de las ideas, claro, y diferentes ideas dan lugar a diferentes corrientes políticas, que se engloban en diferentes partidos, que ya según su afinidad se unen o, por qué no, permanecen separados. Y de entre todos, uno, en soledad o en acuerdo, gobierna, lo cual significa que sirve a todos los ciudadanos, tengan las ideas que tengan.
Un problema, del que hablamos hoy, surge cuando la política en vez de limitarse a crecer desde su imaginario utópico, se pervierte y se limita a servir a sus ideas; han revertido el flujo, porque lo natural es servir a los ciudadanos desde el matiz que representan, algo falla cuando dedican su esfuerzo a prestar servidumbre a sus imaginarios.
Hoy lo digo concretamente por los independentismos, al menos tal cual los vemos hoy en Cataluña. Orientan su existencia diaria a conseguir ese objetivo, reorientan cualquier suceso y lo traducen a términos de conflicto siempre con esa entelequia de libertad por conseguir. Da igual que sea un atentado o una visita oficial, todo va a ser enfocado desde una perspectiva de confrontación en oposición al Estado opresor. Han inventado una nueva realidad donde se han olvidado de servir a su gente. Ellos son, y se sienten, un vehículo para la independencia, siendo ese precisamente el problema, que son únicamente un vehículo para la independencia, y en el camino se han olvidado de mucha gente y de su obligación con ellos.

Otros aires serían si reivindicaran la independencia de una manera racional y responsable, todo se puede hablar, ¿por qué no? Pero hoy, con muertos aún calientes, sus vicios libertarios y su necesidad de confrontarse sobran tanto…

viernes, 26 de mayo de 2017

Política de apariencia y anécdotas

Pensemos en nuestra sociedad y en la evolución que ha venido mostrando en los últimos 10-15 años. Las nuevas formas de comunicación y acceso a la información han reconfigurado nuestra relación con el mundo, más a las generaciones más jóvenes, pero a todas de alguna forma. Nos movemos a ritmo de WhatsApp, Facebook o YouTube; lo denominado “viral” podría verse como estandarte de un no nuevo pero sí acentuado paradigma: vivimos la anécdota y el instante, si algo en internet no puede resumirse en un video de 2 minutos es muy probable que se condene al ostracismo; y sin olvidar que esos 2 minutos pueden ser demasiado eternos, triunfan más los gifs animados, los caracteres limitados de Twitter, o lo efímero de Snapchat. Consumimos titulares y anécdotas, nos encanta el dardo preciso, envenenado o gracioso. Adoramos en definitiva el instante, es el triunfo del Nesquik sobre el Cola-Cao, ¿quién quiere dar vueltas de más?
Quizás no podamos culpar a la política por replicar este modelo imperante, porque los políticos se mueven a ritmo de golpe de efecto, y no hace falta hablar de Trump y de Twitter para entenderlo, o para explicar que el paradigma equivalente viene a decir que si algo no puede resumirse en una frase triunfante quizás no merezca la pena hacerlo, lucharlo o pretender explicarlo. Y con ello olvidamos cosas fundamentales: hay haceres políticos que están condenados a ser polémicos, porque no todos estarán o estaremos de acuerdo, hay semillas que deben plantarse y no crecen en el inmediato como utopía, decir lo contrario es un engaño, pero un engaño que nos hacemos más nosotros como sociedad que ellos como políticos. Habitamos enfermizamente lo conciso, habitamos consentidamente lo inexacto. Y antes de acusar a nadie, no conviene olvidar el papel que cumple la sociedad como correa de transmisión.

Quién iba a decir que hoy viernes me viera defendiendo a nuestra clase política…

viernes, 17 de febrero de 2017

Política invisible, política ausente

Lo invisible es aquello que no se ve, pero si hay algo más allá de lo invisible eso es aquello que sí se ve pero de lo que no se habla.
La política tiene sus invisibles, melosamente guardados, todos conocidos, y todos ninguneados, se sacan y se airean oportunamente, para que nadie los eche en falta, para que nadie eche en cara nada, pero el reality show se mueve por otros derroteros, el día a día se mueve entre muchos menos temas de interés, hipertrofiados, nos inoculan la gula por determinados temas fértiles a sus intereses, desmereciendo indirectamente el resto. Quizás el ejemplo más preciso en nuestra realidad española sea el de Cataluña, un tema de interés, como otros tantos, que conviene tener en constante actualidad, ¿por qué? Para los separatistas es su pan, su soma, su dogma de fe, aquello que moviliza a la gente desde el verbo y capaz de ocultar otras gestiones maltrechas o malhechas. Para el gobierno central, Cataluña supone el aviso y el miedo para el resto de españoles, antisecesionistas, que se identifican con la posición unitaria del gobierno. Un río fértil para muchas cañas, garantía por tanto de continua actualidad.
¿Pero qué hay del medio ambiente?¿Para cuándo una ley de educación no adventicia?¿Qué pasa con la investigación y la ciencia en nuestro país?¿En qué estado se encuentran las universidades? Son pocas preguntas para las que podría (y deberían) hacerse, pero la respuesta es única: nada. No pasa nada con todo eso, puntualmente se hablará de algo sin ánimo de incendiar conciencias y se refrigerará con oficio. Pero ni los nuevos partidos  ni los viejos (hoy tan de moda esa distinción) luchan para visibilizar estos invisibles.

¿Nos importan más los cotilleos o los contenidos? Haciendo un símil televisivo podríamos preguntar a Tele5 y a la 2, todos conocemos cuál es mayoritaria. Con la eterna pregunta consiguiente: ¿la gente pide telebasura o la telebasura acaba consiguiendo gente? Saliendo ya del símil, ¿qué fue antes, la política-basura o nuestra sociedad silenciosa?¿Nos engañan, queremos ser engañados o realmente nos da igual que nos engañen?